No sabemos cuando alguien está observando metículosamente cada uno de nuestros movimientos, nuestra forma de vestir y las palabras que empleamos al exponer.
Tampoco sabemos cuando una acción de nuestra parte servirá a otros para motivarlos o cuando puede suceder exactamente lo contrario.
Lo que menos esperamos es que la audiencia no perdona el menor error de nuestra parte.
Podríamos pensar que no hay nadie perfecto...
yo digo lo contrario, hay muchos que lo son.
Porque su corazón es puro, sus acciones son de ayuda a los demás,
su labor diaria es loable, aunque quizá no lo puedan ver porque
necesitan a alguien que le sirva de espejo para observar cuanto han crecido.
Esa perfección no es física, ni biológica, sino interna.
Cuando ayudamos a otros a alcanzar sus metas nunca nos bajamos a su nivel,
sino lo subimos al que nosotros hemos alcanzado.
Desde ahí podemos ver el sitio donde estamos y reconocer como otros nos han ayudado
con una simple charla, con su labor diaria, con una sonrisa o un abrazo en el momento justo, con una llamada de atención cuando nos salimos del camino y con su compañia día a día.
Y, sin embargo, existen otros a quienes en ocasiones olvidamos pero que son más importantes que estos, aquellos que con su ejemplo motivaron al MAESTRO, al MAESTRO DEL MAESTRO, al MAESTRO DEL MAESTRO DEL MAESTRO, al alumno del MAESTRO, y al alumno del alumno.
Por ello, mil gracias a todos quienes me han ayudado a saber quien soy y lo que soy.


